Museo de cera — 07/25/2012 19:23

Epitafio: Themo Lobos

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Vía soychile.cl

Temístocles Nazario, el sanmiguelino más ilustre que tenemos junto con los ilustres sudamerican rockers, nos ha dejado de a poquito; como los cientos de personajes que se nos guardaron en la memoria y aparecen, de pronto, en flashbacks inesperados. En una disco puede aparecer un baile del robot Ferrilo, cientos de Ogús de guata al sol en el verano y miles (o millones) de Alaracos pululan por nuestro larguirucho país.

“Mampato” fue el primer libro de historia universal que leí. Allí aprendí que los vikingos llegaron antes que Colón a América, leí mis primeras frases filosóficas en los globitos de un griego idiota con cabeza cuadrada, conocí a los caballeros de la mesa redonda y anoté sus nombres en un papelito. Y también conocí el futuro, porque todos sabemos que en el año 3.000 va a haber una guerra que devastará el mundo y dejará en pie a puros mutantes. Mutantes excelentes, sí; caballos gigantes, hombres ñandú, telépatas albinos y los amables hombres gato.

Hay dos historias que recuerdo con especial cariño: “El Árbol Gigante”, célebre por haberse considerado como una crítica a la Dictadura de Pinochet, y la de los mutantes de seis dedos. Ambas historias tienen en común un tema político: la rebelión contra una casta opresora. La primera trata sobre unos tipos amarillos que, desde su árbol en el que cabe una ciudad, esclavizan a todo el resto de mutantes que viven alrededor. Finalmente todos se unen, toman hachas y lo derriban, imagen majestuosa que ocupaba toda una página y que me sirvió de sinónimo gráfico de libertad durante mi infancia.

La otra se trata sobre un pueblo de mutantes de seis dedos que le deben dar casi todo lo que producen a su Dios, un tótem que habla con un megáfono. Cuando llegan Mampato y Rena, descubren que bajo el ídolo hay un pasadizo que lleva a un pueblo vecino donde todos son gorditos. Ellos hacían hablar al tótem y se quedaban con la comida de los flaquísimos devotos. Todo termina en que los dos pueblos se unen y ponen a los guatones a trabajar, también, para que la comida pueda alcanzar para todos.

Ha muerto aquel que me ha dado los primeros alimentos para mi imaginación y las primeras ganas de crear mundos como quien prepara un almuerzo. Ha muerto, pero lentamente, de a poco, como una vela que se consume en paz. Y termino con este mensaje de su parte, reposado también, como buen dibujante, y sabio, como buen viejo.

“Si la muerte es cosa de este mundo. La gente se viene muriendo desde hace tiempo; hace tiempo la vienen matando también. La muerte es costumbre; lo demás es superstición, puro miedo al infierno. Todos creen que por cualquier pecadillo van a ir al infierno, ¡y no! Las maldades hechas con sinceridad, las maldades chicas, como las de la gula y el sexo, serán todas perdonadas. El único pecado real es arrebatarle la vida al prójimo y vivir de la muerte de los demás.”

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