Museo de cera — 02/14/2012 10:59

Disparos de amor para Santiago imperfecto

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No son historias de amor ni cien palabras sobre Santiago. El equipo de Tiempo de Balas quiso reunir en breves reseñas los recuerdos y opiniones que le merecen esta chiquitísima, pero irrepetible ciudad. Aunque existan más Santiagos, sólo hay uno en la memoria de cada uno de nosotros.

VICTORIA
Crecí en Ñuñoa, nos bañábamos con mi papá y mi hermano en pelota en la piscina de plástico en un lugar donde éramos totalmente visibles desde la vereda. En la plaza había un árbol que escalábamos y un resbalín GIGANTE. El tío del almacén me regalaba chicles.

A la multicancha no íbamos mucho por los tipos que respiraban bolsas de neoprén. Mi mamá nos hacía usar máscara respiratoria en el auto por el smog de Santiago. Camino al colegio veíamos la cordillera nevada y mi papá nos obligaba a saludarla cada día sin excepción y después cantaba “Sol, yo quiero verte, yo quiero amarte y te voy a buscar”.

Una vez suspendieron las clases porque salieron los ratones con la lluvia. Pasamos el día en la biblioteca viendo películas. Una vez nos mostraron “La Naranja Mecánica” y los papás alegaron. Una vez la profe de historia dijo algo sexual… algunos se rieron y dijo “qué pasa? si lo más rico en el mundo es hacer el amor, ya van a ver” con el vozarrón que tenía. Y los papás alegaron.

Victoria ha develado historias como la de la primera banda de la bajista de Sonic Youth (Kim Gordon), donde participó un chileno, el perfil de un artista que ama la destrucción y que fue pionero en las instalaciones de los 70 (Juan Pablo Langlois) y le tomó el pulso a la diva del amor en Chile (Palmenia Pizarro).

REYNALDO PEZOA
La Virgen del Cerro me dio la espalda por nueve años. Cuando chico me quedaba mirando de noche el Cerro San Cristóbal desde el pasillo del bloc donde vivía en Independencia, en la Juan Antonio Ríos, y pensaba por qué no construyeron una Virgen que girara y “cuidara” a todos los santiaguinos. En ese entonces era bien católico.

En el bloc vivíamos mi familia, la señora Gladys con sus miles de gatos y los “primos” –como llamaban a una pareja homosexual en esos años. Uno de ellos santiguó a mi hermana. También vivían trabajadores de la CCU –a unos diez minutos de la villa- así que siempre había pílsener en los eventos vecinales. Y una pareja de viejitos sordomudos que se llevaban el ruido cuando pasaban porque todos se quedaban callados cuando caminaban lentito hacia la feria.

Cuando me fui, el 97, lloré como nunca porque no quería. Mi mamá estaba feliz porque por fin cambiaríamos la Independencia por la Providencia. Llegamos a un edificio en el Parque Bustamante lleno de viejitos que traían carros de las funerarias de Portugal dos veces al mes, por lo menos. Teníamos el medio “patio” al frente, con un montón de juegos colorinches y jugaba con la melliza mía, pero yo quería volver a la Juan Antonio Ríos.

Nunca volvimos y en la nueva terraza, no sé si se veía la Virgen, pero sé que ésta vez me miraba de frente, pero no me importaba porque yo ya no le creía mucho a ella.

Entre tableros de ajedrez del más choro de la Plaza de Armas, perritos artistas que se van al cielo y palabras de amor tras la muerte de Sarita Vásquez, Reynaldo ha construido crónicas vívidas de lo que alguna vez sucedió y sigue ocurriendo en la capital. 

DON SEGUNDO
La primera vez que crucé la calle solo fue para llegar a la Plaza Bogotá, en el centro de Santiago, a darle migas a las palomas; también fue la primera vez que me caí en columpio. Vivía en una casona a la que siempre le imaginé una torre grande, como de reloj, donde habían muchos maniquíes y una anciana, la Chepita, que por las noches salía a andar por los techos como gata sin dueño, y en las tardes me compraba calugones y masticables. Cuando me fui, mi gato el Tigre no aparecía y mi mamá me dijo que se había ido por lo techos, igual que la Chepita.

De ahí en adelante lo busqué en todos los techos, por los de Providencia, donde tenía una higuera gigante que me daba miedo en las noches de San Juan, por Gran Avenida, cuyas calles me enseñaron la palabra transversal y los puntos cardinales, por Recoleta, en una población que se solía llamar Quinta Bella y que siempre me hizo preguntar por las otras cuatro; de nuevo por Gran Avenida, donde una banda de gatos me mató un conejo y lo dejó ahí, intacto, casi como mensaje secreto o amenaza de guerra; por El Salto, donde terminaban las calles y comenzaba el cerro en el que los pacos hacían redadas buscando a los narcos, y volvían sin narcos pero con caras más contentas; por la siempre irreal José María Caro, donde conocí a las hijas del Perilla, sus convertibles rojos, pelos teñidos y casas que sólo por dentro eran mansiones fastuosas; por el Paseo Bulnes, donde jugábamos a escapar de los perros en ese monumento que absurdamente se llamaba “Llama de la Libertad” y que sólo conmemoraba la extinción de la misma.

San Joaquín, La Florida, Padre Hurtado, ese sector de Ñuñoa llamado Villa Los Presidentes que casi parece una república independiente y con aliento a socialismo, incluso llegué a Valdivia a mirar los techos de Santiago desde lejos y confiar en la fuerza e inteligencia del Tigre, que tantas aventuras y mundos de gato debe haber conocido en todo ese tiempo y todos esos tejados.

Ahora me toca cambiarme a Bellas Artes, y aunque mi mamá ya me dijo que el Tigre en realidad murió en esa casa cerca de la Plaza Bogotá, creo que aún lo seguiré buscando otro tiempo por los techos de la ciudad.

Del extraño agujero del mundo que abrió la dimensión de Los Juegos Diana y de gatos llamados Colo Colo que duermen en librerías. Un espectro que ilustra todos los lugares en los que ha residido nuestro periodista con nombre de abuelito.

AUXILIO
El lugar de los juguetes absurdos en miniatura -como réplicas de galletas McKay a cuerda o los pegalocos- y los Vale Otro, es el mismo donde puedes encontrar un quiltro dentro de una Iglesia Gótica al lado de un río donde circula lo que comen sus habitantes al final del día.

Desde los diez que no vivo en el Barrio Mapocho, vivo súper lejos, así que salgo de una comuna distinta casi todas las mañanas, aunque suene mal. En Santiago por ahí por el 99 se cortaba la luz y existían las brigadas de seguridad escolar formadas por niños. Hay que andar con cuidado, pero también con cuidado de fijarse en todas las cosas que están sucediendo al mismo tiempo.

Aunque en la mayoría de los textos que escribe, pide Auxilio, en realidad disfruta vivir en Santiago, aunque haya que trabajar pintando riñones o promoviendo pescado o ya no exista el Teatro Carrera  para camuflarse entre negras vestimentas.

BLANCA DE LORIA
Nací en una casa de la que no me acuerdo, pero que mi mamá va a ver cada vez que puede. La casa de mis abuelos. Yo no tengo eso… la casa de la infancia. Vivimos en Colón, bien arriba, donde se ve la cordillera. Mi mamá me decía: ¡mira las vacas! y yo sólo veía unas torres de alta tensión, así que asumí que a eso la gente les decía vacas por muchos años.

Más grande iba en un colegio en Provi, pero vivía en Macul. Era la última a la que iban a dejar en el furgón, por eso la tía Adriana me compraba helados. Una vez una niña me dijo: “tú no tienes papá”, yo le dije: “brrrr sí tengo, sino no existiría”, bien. En mi edificio vivía una familia de circo, una de músicos y una señora que era corista en la tele, a mi me gustaba su hijo, yo a él no. Después me cambié, y me cambié y me volví a cambiar de casa. Estuvimos unos años viviendo en una que penaban y yo decía que no me daba miedo. Qué mentirosa.

Pero en Tiempo de Balas Blanca de Loria dice la verdad: en Cuba la revolución se alimenta de peces mutantes y la tecnología en la modernidad nos ha estafado.

GREGORIO RIVAS
Siempre creí vivir en la comuna de Santiago, pero después de años supe que por un cambio en los planos municipales, en realidad, vivía en Quinta Normal. Ahí recién entendí lo que habían escrito con spray en la pared de mi abuela, quien vivía a un par de cuadras de distancia: “El traspaso vale callampa”.

En mi calle también vivían mis primos y tíos, una familia muy conocida a varias cuadras a la redonda. Jugaba con todos los niños de la cuadra y la enorme patota que habitaba en un pasaje tipo cité cerca de mi hogar. Se hacía vida de barrio, y como en todo barrio había un pelusón, que en este caso era mi hermano chico. Recuerdo la vez que encontró un ratón aplastado y lo lanzó dentro del almacén de al frente. También me acuerdo que fue muy bien castigado por mi santa madre.

A diferencia de su hermano chico, Gregorio Rivas da pequeñas señales de ser un pelusón, pero éstas son aún más contundentes. Gregorio disfruta de intrusear entre los labiales de la Botota y ha asistido a reuniones de gays cristianos, que aún no han logrado convertirlo a la religión.

FRIDA KAFKA
Hasta los seis años viví en Lo Espejo con mis abuelos, en 9 de Enero con Ferrari. Santiago era entonces una palabra que reunía mi casa, mi jardín, el centro, los aviones de Cerrillos, el terminal pesquero que olía mal, la torre Entel y las siniestras torres Gasco. Mi bisabuela me iba a dejar al jardín. Caminaba muy rápido, y después ya no caminaba.

Los Kapo habían inventado recién al Willy Piña. Las niñas querían ser como Gloria Trevi y los niños como He Man, aunque yo prefería a Orco. Después de un paso chico por La Cisterna terminé viviendo cerca de Toesca, donde habían muchos raperos, un perro tuerto y un curao que se llamaba Chinentano y se murió como cuatro veces. En Vergara todavía está el Tito, un kioskero como de 100 años que anda todo el año con tenida y silla de playa, y por ahí debe andar el Enzo, también, un niño que vive en una realidad paralela y que está todos los días de cumpleaños.

Hombre o mujer, no importa, Frida nos recuerda las melodías que han hecho bailar meneando el ombligo a viejitos kioskeros y a enamorados con el Tiempo de Vals de Chayanne. Frida, además, es experto/a en danza Kaweshkar utilizando como escenario el imperio perdido de Mundo Mágico.

LA OLVIDO
Mi primer recuerdo de Santiago son las luces que veía pasar en el auto rojo de mi papá. Cuando niña viví muy poco tiempo en Santiago, quizás meses. Pero mi papá vivía acá, así que me iba a buscar a Talca para que jugáramos. Dice que cuando venía, leía todos los carteles que me encontraba. Y el “Pollo Caballo” siempre me despertó dudas. ¿Por qué un pollo con un caballo?.

Acá jugaba al luche imaginario en el centro, comía alfajores secretos y me subía a los dinosaurios de la Plaza Brasil. Antes del auto, mi papá sólo tenía un gran bigote y me iba a buscar en tren. A veces lo perdíamos, y nos quedábamos sentados en la estación, esperando otro. Era bonito esperar, comíamos golosinas sentados en el suelo (o al menos eso me imagino). Hace siete años que volví, y cuando voy en auto, a veces me gusta sacar la cabeza al viento, entrecerrar los ojos y ver las luces.

La Olvido no ha vivido tantos años en el Gran Santiago, y quizás es por eso que no quiere que se escapen de la memoria vivencias de tardes y noches mucho más ajetreadas que las jornadas sureñas, como aquella vez en que terminó en el escote de la Tigresa del Oriente, sobre los castillos de aire de Fernando Villablanca o se encontró de golpe con la historia de un artista chileno que no se debe olvidar (Nino García)

EN GRACIA
Con mis hermanos, cuando nos despertábamos teníamos que ir al departamento de mi abuela en el tercer piso del bloc de enfrente. Ahí nos cuidaba mi tía gótica mientras mi mamá trabajaba en la clínica. En verano siempre hacía mucho calor en esos departamentos enanos en Lo Espejo.

Mi tía nos llevaba a echarnos de guata bajo un árbol al lado de la torre de agua. Siempre que pasamos por ahí me acuerdo de eso, de los volantines, mi tata espantando patos malos, de la feria infinita en La José María Caro, pasando la línea del tren que atropellaba un perrito o una persona a la semana.

Las torres de alta tensión que mataban a otros pocos, el carrito para vender pollos y huevos, el matamoscas, los Piratas del Caribe y cómo sonaba el cosmetiquero de mi tía cuando se pintaba para salir. En su pieza tenía un póster de The Cure y Robert Smith tenía los labios con rouge. Yo no entendía mucho, pero me encantaba el olor de sus labiales y sombras. Mi tía no era un zombie, pero era la más ruda de la cuadra. Lo pasábamos bien. Sus amigos nos iban a ver a la casa y no eran depresivos, me acuerdo.

A En Gracia le gustaban desde chica los disfraces y la parafernalia, así pasó de observar a new waves y góticos chilenos, hasta convertirse en otra y disfrazarse en la red virtual del mundo de Second Life. Como encargada de nuiestra sección El Video, En Gracia nos ha revelado puntos de comparación entre el cine en Chile y la bizarra industria de Nigeria.

ONA ÁVILA
Pa congraciarse con España
nombró ese Pedro de Valdivia
como jugando a la trivia
Santiago Apostol su hazaña,
yo le pondría guadaña
pues le quitó a los picunches
lo que por patas y buche
les era de noche y de día,
por eso un vecino decía
Ñuñohue es palabra mapuche.

Ona es nuestra decimera, decimera del recuerdo de grandes señores como Santos Rubios, quien algo ciego y nada sordo nos dejó un legado importantísimo al floclor nacional. Ona ha hecho el llamado más elegante a colaborar con Tiempo de Balas.

Para que nos conozcan más, aquí les dejamos algunas de nuestras fotos. A ver si cuando nos vean en la calle, nos regalan un cono doble:

4 Comentarios

  • 7 años estuve fuera de Santiago y cuando volví, hartas cosas ya no estaban. Ya no estaba, por ejemplo, el obstáculo que saltó el caballo Huaso, esa homenaje de madera inenetendible instalado en Departamental con Américo Vespucio. Tampoco era el mismo Américo Vespucio, tenía una línea de metro reptando encima. Dejó de existir en esos 7 años el Diego Portales, ni las micros amarillas. 7 años me fui de Santiago y de a poco, como gato en casa nueva, he ido poniendo los pies en una tierra que juré que me era conocida, pero no. Sin embargo, igual quiero a Santiago. Me encanta poder indicar las calles diciendo “sube por” o “baja por”. Me gusta el color del verano y siendo específico, las empanadas de la tinita en el mercado de Providencia. Felicitaciones, parabems, molto bennes y ioranas para TDB.

  • Gracias por tus recuerdos JP.

  • Ay me fascinaba el homenaje del salto del caballo en departamental. ¡¡Era increíble que lo hubiera podido saltar!! No puedo creer que lo sacaron :(

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