Museo de cera — 08/26/2011 16:30

Vagabundo ‘superstar': La voz olvidada de los sesenta

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En los sesenta Manuel Rivero fue un cantante nacional de prometedora carrera. El artista hizo giras por Latinoamérica y actuó varias veces en el Teatro Caupolicán. Hoy, Manuel es vagabundo y quizás cuántas veces nos hemos encontrado con alguna de sus melodías sin darnos cuenta.

 

Gentileza Discomanía

Sentado en Plaza de Armas un hombre mira un diario. En unos papeles que tiene al lado se lee un nombre: Manuel Rivero. Hace unos veinte años ronda por el barrio. Se le ve solitario abriéndose camino entre la gente que a duras penas recibe los afiches que entrega. Dice ser cantante internacional y que se codea con los personajes más famosos del mundo. Sus manos y ropa están sucias. Lo que el hombre reparte a los oficinistas tal vez vale más que sus planchados trajes.

Con una mano el hombre sostiene una tijera y con la otra hojea para ver qué recortar. Fotografías de diferentes políticos y del Papa, son algunos de los personajes que le interesa extraer. Pega las imágenes en unas hojas y luego las fotocopia junto a su retrato.

Se pone de pie y corre, Manuel tiene unos sesenta años. Se dirige a comprar un raspe, pasa entre ejecutivos, escolares y vendedores ambulantes que parecen no darse cuenta de su presencia.

Gentileza Discomanía

Ha comenzado a llover, Manuel camina rápido y deja caer unos afiches, en ellos aparece un texto: “Manuel Rivero, artista profesional, divino”. Se dirige a la tienda Discomanía (ex Ricardo García Discos), disquera ubicada en una galería del sector atendida por sus dueños, un matrimonio que lleva más de dos décadas trabajando ahí, y que conoce al artista desde que tenía cuarenta años.

Siempre se ve a Manuel vagando por el centro de Santiago, pero su rumbo fijo es Discomanía. José Miguel, uno de los propietarios comenta que “el día que empezó a visitarnos, dijo que venía de dar un concierto en Italia y que Nicola Di Bari se había enamorado de su voz”.

Eliana, esposa de José Miguel, dice haber entablado una relación especial con el que describe como “un particular visitante”. “Cuando no le tomo atención por atender a un cliente, se va indignado vociferando que no va a ser más artista de mi empresa”, cuenta Eliana mirando el techo y moviendo la cabeza hacia los lados. “Yo le tengo mucho cariño, no es agresivo. Quiere que le tomen la atención que se merece como el artista internacional que dice ser”, señala la propietaria del local.

Discomanía es una disquera reconocida por su variedad musical y por promover el trabajo de folcloristas. Su antiguo dueño era Ricardo García, quien fue locutor y creador del Festival de Viña del Mar. Manuel dice que eran amigos y que ahí se vendía su música. “Llegaba todos los días diciendo que quería el dinero que le correspondía por la venta de su disco. No había rastro de que alguna vez hubiese cantado, ni menos de un álbum suyo”, recuerda José Miguel.

Hace cinco años un vendedor de discos llegó al local y al dueño le interesó revisar los álbumes musicales de los sesenta. Entre la mercancía venía un vinilo de 45 R.P.M. (revoluciones por minuto). El disco decía “El vagabundo y Mal amor, éxitos de Manuel Rivero”. José Miguel dice que de inmediato decidió comprar el disco y traspasarlo a un CD. “Ahí me sorprendí. Finalmente, la historia del Manuel era más real de lo que pensábamos. Cuando escuché el vinilo recordé que eran las letras que él cantaba en las calles”, recuerda.

Gentileza Discomanía

Retroceder para creer
Es el año 1969 y la revista Ritmo publica un artículo que dice “Manuel Rivero, la voz romántica de Chile” seguido de la descripción de las giras por Latinoamérica que ha realizado y destacando sus éxitos como “El vagabundo” y “Destrozaste mi cariño”. La Nueva Ola trae consigo muchos nombres de artistas nacionales y en el programa de la Radio Portales El Calducho, los cantantes muestran su talento, entre ellos Manuel, que en ese momento tiene 26 años.

Carlos Contreras, intérprete de la Nueva Ola y autor de la canción “Margarita” conoció a Manuel en esos años. Hoy ve la fotografía de su colega y dice que “tenía muy buena voz. Sé quien es este señor, no llegó a los ránkings porque un día desapareció. No supe qué fue de él en mucho tiempo”.

En la Plaza de Armas, Manuel empieza a tararear, todavía canta y en los bolsillos de su desgarrada parka de otoño guarda el registro tangible de su voz y su historia: un CD con dos canciones que grabó hace cuatro décadas con el sello Polydor. José Miguel siempre le regala copias del CD que traspasó y luego él mismo las vende en los lugares que visita.

Por las calles, antros y plazas de Santiago, el vagabundo deja un rastro. Es viernes, son las doce del día. En un frecuentado bar del sector, Manuel entona la voz para anunciar su show. Se escucha el coro de uno de los boleros que interpreta en el vinilo. “Qué importa saber quién soy, ni de dónde vengo ni hacia dónde voy…”. Cuando termina, estira su mano y recibe unas monedas a cambio del espectáculo.

Llega la hora de almuerzo y Manuel va a un lugar histórico, el Sindicato de Folcloristas de Chile, organización a la que una vez perteneció. Las paredes están llenas de fotografías de Violeta Parra y Víctor Jara, al final del pasillo principal hay un casino de comida chilena y Manuel se sienta en la mesa. Las garzonas sirven a Manuel una cazuela caliente.

El show que le debían los años
En febrero de 2008, el cantante empezó a ir todos los días al Sindicato y siempre pedía hacer su show. Iván Vidal, el productor de la entidad, señala que comenzó a ser tan insistente que le dio fecha para su presentación para octubre de ese año. “El día que le dije que viniera a hacer su show fue de fantasía, nunca creí que iba a aparecer de ‘punta en blanco’ como lo hizo”, recuerda Iván con una sonrisa. La gente que estaba en el recinto accedió a escucharlo y una vez que terminó de cantar todos aplaudieron de pie varios minutos.

Como Iván conoce hace quince años a Manuel, ha tenido muchas conversaciones con él y con cantantes de los sesenta que confirman algunas historias que el artista errante cuenta. “Él tiene momentos muy lúcidos. Me contó una vez que el 69 venía de una gira y al llegar a Santiago supo que su pareja había muerto… no pudo soportarlo. Él siempre habla de Margarita”, señala Iván y recalca que, sin embargo, nadie de los que lo conoce hoy, sabe con certeza desde hace cuánto anda en la calle, ni dónde se queda. Manuel habla de lujosos hoteles.

Es de noche. El viajero eterno, desgarbado y de ropas desteñidas, va pintando el fin de la jornada junto a los miles de sonidos de las calles de Santiago. Manuel acompaña en su rumbo a miles de transeúntes, mientras canta en voz alta el coro completo de la canción que una vez le prometió ser recordado: “Tú me desprecias por ser vagabundo y mi destino es vivir así. Qué importa saber quién soy ni de dónde vengo ni hacia dónde voy…”.

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