La macedonia — 08/06/2012 18:23

Por la boca muere el pescador

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Ya son 22 días los que José Asencio, pescador artesanal de la región de Aysén, lleva sentado junto a la capilla de la catedral de Coyhaique, sin probar bocado. Acuestas lleva las demandas de un sector de trabajadores que simplemente se está quedando afuera del modelo. Todo debido a la nueva joyita del gobierno: la Ley de Pesca.

Vía Algohuelemal.cl

José Asencio tiene 60 años. Es pescador artesanal. Toda su vida se la pasó arriba de un bote, pescando a puro anzuelo. Tenía una esposa e hijos. Hoy ella vive en Santiago y ellos, que ya crecieron, se marcharon lejos a otros lugares con mejores oportunidades. Llegó a Puerto Gaviota en el ‘86, una pequeña bahía ubicada en la Isla Magdalena, Región de Magallanes, donde 346 personas viven, -o sobreviven- de la pesca. Allí, reside José, solo en una casita, rodeado de rocas y mar y una gallina y un perro que desde hace días que anda perdido.

Pero José no puede buscarlo. Porque hoy, y desde el 11 de julio, se encuentra afuera de la capilla de la catedral de Coyhaique, sentado sobre unos cartoncitos, con la espalda apoyada contra la muralla, rodeado de consignas que dicen que lo apoyan en su huelga de hambre y en sus demandas por más beneficios para los pescadores artesanales de los que concede la recién la ley de pesca del ministro de Economía, Pablo Longueira. La semana pasada, varios parlamentarios de la zona –los diputados Matías Walker y René Alinco, y los senadores Antonio Horvath y Ximena Rincón- se comunicaron con él y le prometieron que apelarían en su nombre ante las autoridades en Santiago. En el intertanto, José sigue allí, frente a la plaza principal, recibiendo la visita de los vecinos, calentándose con una estufa en las noches, tapado con una frazada a cuadros, con su asma y su neumonía a cuestas.

A comienzos de año, en febrero, el problema de la exclusión y la marginación regional de Aysén se hizo escuchar en todo los rincones del país. El ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, y el titular de la Segpres, Cristián Larroulet, recibieron en sus oficinas a los dirigentes regionales que representaban las distintas necesidades y demandas de su pueblo. Pero fueron los pescadores artesanales quienes lograron, con sus quemas, que la prensa se volcara hacia su problemática en un comienzo. El propio Iván Fuentes, rostro indiscutible de este contingente social, pertenecía a este grupo de trabajadores.

Hoy, sin embargo, José Asencio no logra comprender qué fue lo que pasó con todo lo que se logró avanzar entonces con el tema. “Nosotros hicimos una tremenda movilización y después se fueron sumando l os otros. Los cabros (los dirigentes) fueron a Santiago, estuvieron con el ministro Larroulet. No entiendo qué pasó, por qué no trataron el tema de la pesca artesanal, cuando ése era el momento preciso, por lo menos para Aysén”, cuenta Asencio. “Pero después nunca más los vieron. Fue muy difícil encontrarlos” agrega refiriéndose a los dirigentes. Pero él, según dice, no les pasará la cuenta porque no es vengativo y también porque es amigo del propio Fuentes. “Lo conozco de hace muchos años, yo no sé qué le pasó. No sé si los amenazaron”.

LA LEY DE LA DISCORDIA
En Puerto Gaviota, lo que más hay son mariscos. Según el pescador que hoy se rehúsa a comer, el pueblo podría vivir un poco mejor si tan sólo se les permitiera explotarlos. “Pero nada de eso lo podemos vender porque nos ponen una multa. Está prohibido venderlo porque la zona está estipulada como marea roja”, asegura Asencio, pero añade que “Eso es mentira. De Puerto Montt vienen a buscar los mariscos a Puerto Gaviota y no les dicen nada”. La multa que un pescador artesanal puede recibir en estos casos puede llegar hasta los siete millones de pesos. Por eso a él y a los demás jefes de familia del lugar, las pocas opciones que van quedando tienen que ver con la pesca.

José forma parte del grupo de pescadores artesanales que se han levantado, con huelgas y protestas en todo el país, contra la llamada Ley de Pesca, medida presentada por el ex ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, y ahora reactivada y modificada por el actual titular Pablo Longueira. El pasado 25 de junio el ministro le añadió calidad de suma urgencia al proyecto. Según explican los trabajadores, la medida vendría a entregar en concesión y de forma perpetua los derechos de pesca a las grandes industrias, añadiendo la posibilidad de que éstos sean además hereditarios.

La legislación prohíbe que las embarcaciones pequeñas pesquen en otras regiones o en sectores no autorizados. Para ello, las lanchas mayores de doce metro deberán costear un aparato satelital que registre su posición en todo momento. Los grandes buques pesqueros sin embargo, no están obligados a cumplir con esta restricción. Además, la ley estipula que éstos podrán pescar a lo largo de las cinco primeras millas desde la costa, mientras los pescadores artesanales sólo podrán hacerlo en la primera, compartiendo los pocos recursos con estos gigantes.

Con nostalgia, José Asencio se remonta a cuando llegó a la zona y cómo eran las cosas entonces, por allá por los fines de los ochenta. Muy diferentes, recuerda, porque los industriales trabajaban codo a codo con los pescadores artesanales, arriba de barcos pesqueros y con anzuelos. Y todo, insiste Asencio, gracias al General Pinochet. “La pesca era libre entonces, era el boom de la pesca en Chile. Me acuerdo que el General Pinochet dijo ‘todos los chilenos que tengan un bote, que salgan a la mar a ganarse la vida con él’”. Y así de simple, sin concursos ni sorteos.

Todo cambió cuando llegaron las redes. Ahí se acabó la competencia justa. Como todos los pescadores artesanales de la zona, Asencio protesta contra la devastación que generan los industriales y sus redes. Según explica, como tienen un límite de entre 3.500 y 4 mil kilogramos de lo que pescan para destinar a la exportación, votan al mar los peces pequeños y de menor calidad que quedan atrapados en sus redes. “Lo demás lo tiran al mar, muerto. Ni siquiera son capaces de traérselo a la gente humilde de acá de la zona. Con sus redes arrastran pájaros marinos, matan todo lo que pillan, sacan hasta los corales”, cuenta.

Hasta que las autoridades no se presenten en la zona, el hombre se remitirá a seguir, a un costado de la capilla, esperando. Hace un par de semanas además, inició una huelga seca. “La motivación mía es que de todas maneras voy a sacar algo. Nadie me pagó para hacer esto, como han dicho algunos medios acá”. Asencio calla, se queda pensando. “Si se llega a terminar con la pesca artesanal, se van a acabar también los recursos naturales y la biomasa. Los niños van a conocer los mariscos solamente por fotos. Va a quedar una pobreza de más de dos millones de personas. No estamos pidiendo que nos regalen nada. Sólo que nos dejen trabajar tranquilos”.

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