La macedonia — 04/19/2012 15:58

Luis Miguel y yo.

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Ilustración: Garvo (flickr.com/holagarvo)

A Luis Miguel lo conocí en la esquina de Recoleta con Antonia López de Bello. Yo necesitaba una ampolleta. Nunca supe en qué andaba él, pero parece que se había desorientado y me preguntó hacia qué lado estaba el Mapocho. Loco gil, desde ahí se ve el puente (estábamos frente a la iglesia, pero en la esquina) y me lo preguntó como mirando para allá, como si supiera de antes, pero se notaba que era de gil no más que me preguntaba, de desconfiado, típico loco que funciona mejor si le dan una orden o una instrucción.

…tu palpitar, tu recuerdo, mi locura, mi delirio.

La cosa es que yo iba caminando hacia allá. En realidad, los dos íbamos caminando hacia allá, entonces el Luis Miguel me pregunta hacia dónde queda el río y era como raro, porque íbamos los dos caminando decididamente en dirección sur, directamente hacia el río, y yo sentí que los dos íbamos con paso firme, segurísimos de nuestro desplazamiento, sabiendo perfectamente hacia dónde íbamos. Yo le indiqué, parece, como preguntándole cómo era tan gil; le dije algo así como “derechito pallá”, y seguimos caminando los dos al mismo ritmo que antes, todavía igual de seguros. Tal vez él un poco más seguro que antes, pero yo igualito, sin pensar casi en lo que pasó. Indicar algo y olvidarse.
…y bebo sorbo a sorbo tu mirada angelical.

Era rico caminar al lado de Luis Miguel, parecido a lo que pasa cuando un perro te acompaña por la calle, como que sentía que iba en patota, en jauría, caminando con un compañero firme en la marcha, paso a paso sin parar ni pensarlo. O como cuando se hace un viaje en auto, que el conductor maneja pero no piensa exclusivamente en manejar, y puede conversar con los pasajeros sin problemas. La diferencia es que con Luis Miguel no conversamos, pero íbamos, seguro, cada uno pensando en otras cosas, distintas de “hacia donde ir” o “hacia donde dirigir la marcha, el andar”, cada uno perdido en sus pensamientos, en lo que teníamos que hacer o en asegurarse innecesariamente de la ruta. Seguro que cuando me preguntó hacia dónde está el río sabía bien la respuesta, pero aun sabiendo quería que alguien le dijera. Como por hablar con alguien, como por usar la lengua.

Dicen que tiene una pena que la hace llorar.

En fin, caminamos juntos desde Antonia López de Bello, por Recoleta, vereda poniente, hasta Santa María, justo antes del río. Ahí Luis Miguel me miró y me dijo “chau”, despacito, y yo le dije “chau” igual de despacito, y dobló en noventa grados hacia la costa, hacia el lado del mercado Tirso de Molina. Yo obvio que seguí caminando, lo miré un poco, pero seguí caminando. Me imaginé que el loco gil se ubica mal y necesita llegar al río para poder entender su destino. Pero es raro, porque la última cuadra antes del río tiene una plaza, que te lleva en diagonal al mercado, ahorrándote una tonta, absurda caminata. Aun así Luis Miguel caminó conmigo hasta el río, tal vez porque me había preguntado por el río y no quería que yo pensara que no iba en realidad hasta el río. Feo el río.

Tan mía mía mía mía, que eres parte de mi piel.

Como por la mitad del puente miré hacia atrás, a ver dónde iba el Luis Miguel con su contundente marcha. Y, de nuevo cosa rara, iba cruzando la plaza en diagonal, hacia el otro lado, como devolviéndose una cuadra, a meterse por calle Artesanos entre La Vega Chica y el Tirso de Molina. Entonces, ¿qué?, ¿quería ver el río? ¿Así de gil?

Eso es todo lo que me pasó con Luis Miguel, después compré una ampolleta en una Casa Royal del centro y me fui a tomar la micro.

Porque el mundo gira, y tú sabes que es por ti.

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