La macedonia — 09/06/2012 17:53

La cimarra al revés: Capítulo I

Publicado por

 

Jumper, blusa y zapatos de charol. Tenía cuatro años cuando entré a primero básico. Mi papá no podía saber que iba al colegio, porque él había entrado a la misma edad y no consideraba positivo que su hija enfrentara de forma tan precoz las lides de la educación. Estuve tres meses yendo a clases escondida de mi padre, omitiendo la palabra “profesora” en la casa, por indicación de mi mamá. Hasta que la situación se volvió insostenible.

¿Vieron Oshin?, es menos dramático.

En el colegio Reina Victoria, institución municipal, tuve mi primera profesora, la tía Norma. Se acercaba el día de la madre y dibujé a una señora con una cartera. “¿Eso le vai a regalar a tu mamá? Está horrible” me dijo doña Norma, al tiempo que arrugaba el papel y terminaba con mi inocencia (no, eso pasó después). Llegué llorando a la casa. En la tarde todavía no se me pasaba la pena. Mi papá me preguntó qué me pasaba y mi mamá me miró con cara de advertencia. “La profesora me rompió el dibujo”, “¿qué profesora?”, dijo mi papá. Quedó la cagá.

PINOCHET EN LA SALA DE CLASES
De ahí pasó un año no más para volver a entrar a primero básico. Tenía cinco. Ésta vez el colegio elegido y con absoluto conocimiento de mis dos progenitores, fue el Saint Rose School, que queda por Avenida Matta. No sé por qué mis viejos no averiguaron que la directora de ese establecimiento pertenecía a la Fundación Pinochet, la miss Nena. Era una señora muy bajita, con las piernas muy flacas, muy arrugaditas, y con un vozarrón que me hizo saltar cuando en 1998 estaba viendo la noticia de la detención de don Pinocho. “¡Suelten a mi Generaaaaaaaaaaaal!”, dijo entonces pegada al micrófono de un periodista de TVN. El Saint Rose o Santa Rosa, era bilingüe. Todo el inglés que sabía hasta hace un par de años provenía de las salas de esa institución, donde la mayoría de los niños de sus aulas eran hijos de la clase media de Santiago, media acomodada sí, pero mis papás hacían un esfuerzo para pagar la mensualidad.

Casi todos los lunes teníamos que cantar el himno de los pacos. Todavía no se me olvida –”duerme tranquila, niña indecente”–, le cambiábamos la letra con “osadía”. También debíamos entonar el del colegio – que decía algo así como “Saint Rose con fe y lealtad, Saint Rose triunfar es tu ideal, has forjado mi mente de temple y valor”– y el himno nacional… alguna vez se les escapó esa parte de “Nuestros hombres valientes soldados…”. Para avanzar a nuestras salas de clases la orden de los inspectores era: “¡De frente mar…!”.

El Saint Rose sigue siendo un gran misterio para mí. Por ejemplo, no sé por qué, hubo un año en que llegó una ola de coreanos al curso, muy callados, muy molestables por su timidez. Me sentía identificada con ellos, pero nunca aprendí su idioma. Eso sí,  me hice súper amiga de la Chu Yong Kim. Todavía tengo una cuchara de plata que me regaló cuando se fue en tercero básico de vuelta a su país.

No le hablaba a casi nadie, no sabía qué decir. Son bien metafóricos los pendejos de mierda. “Cómprense una isla”,  “se merecen una foquita, arf arf arf. No es triste en todo caso, porque tuve harto tiempo para  juntar saliva ja ja ja. Mentira, era súper triste. Una de las pocas veces en que no me quedé callada fue cuando un niñito me dijo “oye, pobrecito Pinochet, tiene a sus nietos acá y él está tan lejos”. “Cállate aweonao”, le grité y varios se dieron vuelta porque yo no decía nada, menos garabatos. El huevito Valencia, le decían.

Me fui a los diez años del Santa Rosa, porque nos cambiamos de casa, del Barrio Mapocho a Puente Alto. Me metieron al Master School, un colegio donde los profesores dejaban que jugáramos cartas mientras ellos iban al baño. En inglés me volvieron a pasar los colores y el verbo to be.

Próximamente en “La Cimarra al revés”:

1999. Mi mamá me sugirió sacarle la mierda a una cabrita que todas las mañanas me quitaba el colet. Le hice caso. Nadie más me huevió en los siguientes colegios a los que fui: uno mapuche donde fui Ministra de Justicia (por un programa del Gobierno destinado al fracaso que se implantó en algunos cursos, algo así como “tu curso, un Gobierno”), el Liceo Uno de niñas y la institución académica con el sentido más cuestionable del país, el Experimental Artístico de Las Condes, Leonardo da Vinci.

Comenta

— obligatorio *

— obligatorio *