Imperio perdido — 12/01/2011 00:40

Muñoz Tortosa, el secreto que guarda todas las historias

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Tal como hay novelas que de tanto intentarlo terminan por ser bibliotecas laberínticas, existen también librerías que de tanto alojarlas se van volviendo de su especie, una configuración de historias, libros, sonidos y juguetes que deben leerse con cuidado para encontrar una verdad fundamental: la Muñoz Tortosa es el mejor de estos ejemplos.

Felipe se detiene unos segundos afuera de un local en San Diego marcado con un 1177 en caracteres amarillos. Las paredes exteriores se descascaran alrededor a unas vitrinas de amplios ventanales, a través de los que se vislumbran un montón de libros en relativo orden, uno que otro cartel con precios que no superan los tres mil pesos y un gato bostezando al medio de todo, moviendo la cola en una especie de trono de papel cada día más ocre.

Este escenario configura la fachada de Muñoz Tortosa, Libros de Ocasión, un lugar que va adquiriendo ribetes mágicos porque cada persona que lo visita siempre encuentra -si tiene la paciencia para escarbar- justo lo que buscaba, aunque no supiera que lo buscaba.

“La gracia es que muchas veces uno no viene a buscar sino a ser encontrado”, cuenta Felipe, que lleva un par de años visitando el lugar esporádicamente y siempre sale con una sonrisa distinta, con un ánimo nuevo. “Las cosas acá se van modificando como si fueran organismos, siempre hay algo que te sorprende y siempre extrañas alguna cosa que viste en tu anterior visita”.

Fundada hace remotos 37 años, la librería fue el proyecto de Don Héctor Muñoz Tortosa, hombre de lentes gruesos que aún se mantiene como el líder y uno de los carismáticos personajes que la habitan. Claro que su forma y configuración actual datan desde hace unos 8 años, cuando Carolina, hija del Don, se encargó de remodelar y reactivar el lugar que había dejado de operar, por diversos problemas, durante un par de años.

Actualmente Patricia administra la librería junto a su padre, y no es muy dificil encontrarla conversando con alguno de los muchos clientes habituales, al calor de un té y un cigarrillo, o haciéndole cariño a Colo-Colo, la mascota del lugar y uno de los personajes más notorios para el que lo visita.

Foto: Gregorio Rivas

Colo-Colo puede quemarse la cola con la estufa diez veces en un día de temperaturas bajas, en ese mismo día varias decenas de personas pueden encuclillarse y acariciarle las orejas, y aún antes de terminar el día puede haber dormido sobre incontables libros, sobre infinitas historias que quizás lo vuelven -en el mundo de los felinos- un intelectual de alto calibre.

El gato tiene la libertad de pasear por el lado de estanterías repletas de títulos que van cambiando una y otra vez, o de arrojarse sobre otros que descansan apilados en el suelo, pasando por todos los temas que puedan imaginarse. La Muñoz Tortosa aloja la historia de incontables países en sus idiomas originales, ensayos políticos de distintas ideologías y transitando desde pasquín hasta tratado en varios tomos, además de la cantidad más ecléctica de ficción que muchos hayan visto, en ediciones que recordarán a las estanterías de los abuelos o a esos sueños donde todo huele a alas de mariposas secas.

Pero no sólo libros habitan la Muñoz Tortosa, el lugar tiene también una serie bastante extensa de vinilos y casetes, donde puede encontrarse desde Rachmaninov hasta “El Bailongo”, de Don Francisco; pasando por una selección de canciones rock para cantar en la sinagoga y los bailes folclóricos de Moldavia en su edición de lujo. Mención aparte, es uno de los pocos lugares en Santiago donde pueden encontrarse Laserdiscs -especies de DVDs antiguos y gigantes- en buen estado.

Foto: Gregorio Rivas

Aunque quizás lo más importante de la Muñoz Tortosa no sea la banalidade de los objetos como artículo de memoria, ni la oportunidad de obtener esa edición perdida de los “Consejos para jóvenes escritores”, de Baudelaire, por unos cuantos pesos, sino que su configuración como narrativa única, la imagen que forman las personas tomando once en la mesa al medio de la librería, mezclando sus historias con los intrincados laberintos de letras y sonidos que los van rodeando, y uno que otro pan con jamonada y margarina.

Como Mariano, que entra sin apuros, con la mirada cansada de quien convierte en rutina lo fantástico, a fuerza de recorrerlo una y otra vez. Se queda unos minutos en la sección de vinilos, repasando las antigüedades más recientes sin encontrar nada que ya no tenga. Camina algunos pasos, saluda a Patricia con la caricatura de una venia formal y luego se apresura a la bodega trasera, una especie de esqueleto de madera que quienes visitan por primera vez la librería interpretan como territorio prohibido, un espacio más próximo a una barraca. Los libros allá atrás están más mordidos por el tiempo, tienen heridas abiertas por las que se desangran sus páginas y hasta podría creerse escuchar el último estertor de un discurso antiguo. Algunos yacen en el suelo, apilados en ocasiones hasta confundirse las páginas de uno y otro, formando narrativas que pocos ojos lograrán ver y ninguna mente interpretar; otros, los más afortunados, comparten espacio en las precarias estanterías, fundiéndose todo en un color ocre realzado por las tenues ampolletas que intentan iluminar el lugar.

Mariano se pasea rápido, ya sabe por lo que viene y hoy no tiene el tiempo suficiente para buscar entre el centenar de libros. Los que lleva en esta ocasión están especialmente derruídos pero su contenido permanece intacto, lo único que necesita este académico que dedica sus horas libres a

Foto: Gregorio Rivas

empastar y restaurar volúmenes, es un buen contenido y el deseo irrefrenable de volverse parte del ciclo vital de los literatura, de una biblioteca más grande que todos los libros que alguna vez hubo.

Borges imaginó, tal como antes de él Fechner, Lasswitz y Theodore Wolff, una biblioteca total, artilugio del azar o de una de sus expresiones legibles: la combinatoria y su expansión en un tiempo sempiterno. Una quimera que cifrara, mediante la mezcla incesante y sistemática de símbolos, alfabetos o cuñas en la piedra, todas las historias posibles: las mañanas del 25 de abril de todos los años que hubo y habrán, el número de gatos que han vivido en las cercanías de aquel supermercado en calle Portugal, incluso este mismo registro siendo voz de aquella letanía. Esa será quizás, la figura que termine por sumar esta librería en todos sus elementos, una novela total que lleva por punto final la cola de un gato chamuscándose por vez número once.

9 Comentarios

  • esto tenia que estar.

  • Encantadora reseña de la libreria de mi padre,solo precisar que mi nombre no es carolina sino patricia, y que el colo colo ya no se quema la cola ya que esta demasiado ocupado con sus 2 (A FALTA DE UNA) GATAS QUE INTRODUJO SUBREPTICIA Y DESCARADAMENTE EN LA NOCHE.
    Por supuesto se quedaron y sus nombres son hipatia (venia con un piedrazo en un ojo) y nefertiti .La familia crecio aunque no lo planeamos; Colo colo tiene una sonrisa que se la envidiaria el gato de alicia en el pais de las maravillas. Ahora ademas de libros, vinilos y cachureos varios hay porno gatuno en vivo y en directo (lo que llena aun mas de magia nuestro amado y resistente boliche) osea da para el mejor realismo magico.
    me despido y aprovecho de saludarles y enviar toda mi fuerza al movimiento estudiantil Recuerden: LA LUCHA CONTINUA!!!!!!! UN BESO A TODOS. PATRICIA MUÑOZ HURTADO, (orgullosa hija del don)

    • Aguante Colo Colo, es un grande. Lo del nombre fue un lapsus, mis disculpas, Patricia.

      Salud!

  • Esta librería tiene otra sucursal, en la calle obispo Edwards, frente al depto. de física de la Facultad de Ingeniería de la Chile. Nicanor Parra tenía una receta para encontrarla: “son tres postes, el de al medio. Son dos timbres, el de arriba”. Saludos.

  • Pasé 2 veces a visitar a mi tio y padrino, (el Don) y ver si tenía la suerte de rever a mis primas. Por mala pata no estaban (pero conocí a los gatos).

    Hoy hace 38 largos años que salí de Chile pensando que sería por poco tiempo. Volví a paseo unas 4 veces pero con poco tiempo que se redicia más porque tenía que renovar mis documentos chilenos.

    Entrar a la librería fué entrar en el túnel del tiempo. Me sentí en 1875 de nuevo y finalmente entendí várias cosas que me demoraría mucho en explicar.

    Prima Patty, espero verte cuando vuelva a visitar el país del cual salí pero de mí no sale.

    Grácias, Don Segundo, por este pequeño pedazo de mi vida.

    Hector José “Pepe”

  • querida patty, no se si te recuerdes de mi, crecimos juntos en obispo edward, quisiera saber de tu vida, yo vivo en Venezuela hace 26 largos anos, voy seguido a chile, porfa si estas en facebook o tu correo para poder conversar, un abrazo

  • PATTY….MI QUERIDA PRIMA….YO SE QUE TU QUIERES MUCHO A LA LIBRERÍA “MUÑOZ TORTOSA”….. PERO YO LA QUIERO DESDE ANTES….DESDE BLANCO CON 18….ANTES QUE TU NACIERAS….ES MAS….MI SUEÑO SIEMPRE HA SIDO TENER UNA LIBRERÍA….PERO BUENO….COMO NO RECORDAR AL SR. CHACON…QUE NO SE PERDÍA NI UN FESTIVAL DE VIÑA….EL SR. MULIAT….AITOR ESTEFANIA….Y SU LOCURA DE CANTAR…..Y TANTOS CLIENTES DE TU PAPA….SI HASTA LA JUANA JULIANA REVOLOTEABA POR AHÍ…..QUE LOCURA……QUE LINDOS RECUERDOS…. AHÍ ES CUANDO ME BAJA LA NOSTALGIA Y QUISIERA ESTAR CONTIGO Y CONVERSAR TANTAS COSAS….SON TANTOS BELLOS RECUERDOS…..TE QUIERO PRIMA QUERIDA…TE MANDO UN GRAN ABRAZO…UN BESO ….Y UN CABALLITO DE ORO PARA TI

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