Imperio perdido — 07/19/2011 19:02

Me fui de tomas: Liceo de Aplicación

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El “Aplica” ha sido uno de los “emblemáticos” más fervientes a la hora de reclamar por el fin de la reconstrucción parche, el fortalecimiento de la Educación Técnica Profesional, la TNE y la estatización de la educación pública. Entre juegos, humedad y cansancio los alumnos del Liceo de Aplicación se organizan para resistir el frío de las tomas.

Fotografía: Gregorio Rivas

El reggae, el rock y el reggaetón suenan fuerte en el Liceo de Aplicación. Chicos jugando básquetbol apuntan a un aro construido con un viejo basurero de plástico. Otros, con una pelota de goma que chutean sin parar. Los más chicos se divierten con sus celulares y los más grandes fuman sin parar.

Llevan semanas en toma. Hay cansancio, pero no importa.
En algunas salas pequeñas se ven niños durmiendo, entre las mesas, sillas, frazadas y cajas de comida.
Están organizados. Seguridad, alimentación y vocerías. No es fácil entrar. De a poco, conversando acerca del acuerdo entre La Municipalidad de Santiago y el Banco de Chile para que ellos estudiaran ahí, se van soltando. Me creen y les creo.
—Pasa—me dicen— pero no saques fotos.
—No son necesarias— les respondo.

Actualmente, los alumnos tienen sus clases en la ex sede de la Universidad La República, luego que su establecimiento original fuera clausurado por daños.

El “Aplica” ha sido uno de los “emblemáticos” más fervientes a la hora de reclamar por el fin de la reconstrucción parche post terremoto, el fortalecimiento a la Educación Técnica Profesional, la Tarjeta Nacional Estudiantil y la estatización de la educación pública. Están en línea con los compañeros de otros colegios también emblemáticos. Pero sus quejas van más allá.

En agosto de 2008, un túnel de precarias condiciones, que une los dos inmuebles que posee el Liceo en Calle Ricardo Cumming, se vino abajo a causa del sobrepeso causado por una protesta estudiantil.
Desde esa fecha, los 2.200 alumnos promedio pasaron a ocupar un establecimiento diseñado para otro tipo de estudiantes, con salas de distintas medidas, donde muchas veces en un curso de 40 jóvenes quedan varios fuera de la sala. “La pizarra simplemente no se ve”, cuenta uno.

“Tenemos una infraestructura que no cumple las condiciones para recibir 2.200 alumnos, más una jornada nocturna de 400 estudiantes”, reconoció hace un tiempo Ingrid Díaz, directora del Aplicación.
Explica además que en la noche recibe a diez alumnos provenientes del SENAME, que están procesados judicialmente y que han originado algunos problemas de conducta.

Eso los alumnos lo entienden. Lo que no aceptan son las condiciones actuales en las que estudian. En el “sector antiguo” hay 16 salas repartidas en cuatro pisos. La mayoría tiene las paredes manchadas, las cortinas ajadas y los ventanales sucios. No hay casilleros y la suciedad abunda. Sólo funcionan dos baños pequeños, ambos con los espejos rotos.

“Son salas ocupadas por dos jornadas, así que el deterioro puede entenderse de algún modo”, explica Claudio, quien no quiere revelar a qué cuarto medio pertenece.

Hay pizarras en el suelo, las alfombras están asquerosas y la humedad tiene todo manchado. Las murallas que separan una aula de otra son de yeso y están muy dañadas. “Cuando jugamos y chocamos contra las paredes, pareciera que vamos a pasar para el otro lado. A veces hace mucho frío”, agrega Claudio, un líder anónimo que a cada rato debe responder consultas de los demás chicos en toma.
Hace frío. Algunas mamás apoyan la causa y ayudan con la movilización repartiendo raciones de comida y cuidando a los más chicos.

A pesar de la energía adolescente desatada al ritmo del rock and roll, no se ven botellas de copete ni se siente aroma cannabico.

“Si la hacen, la hacen piola, como debe ser”, me digo.
A lo lejos veo a Freddy Fuentes, el líder de los secundarios, que debe estar dando la entrevista número diez del día.
Me despido. Son las 11 de la noche y el frío cala los huesos. Un papá reclama porque su hijo no está dentro.“Si va a protestar lo apoyo, pero debe estar acá no afuera”, dice resignado. Un compañero me sopla que fue a ver a la polola. Todos reímos, mientras un guatón de casi dos metros se despide con entusiasmo.

“¡Tráiganos cigarros tío, mire que estamos cagados de frío!”, alza la voz uno de los liceanos. Reviso mis bolsillos y sólo encuentro una luca roñosa, se las paso sin pensar en su destino final, que sin duda será mejor que el que yo podría darle esta noche en la intersección de Huérfanos con Almirante Barroso.

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