Imperio perdido — 02/18/2012 17:57

Laika: De los humildes patios del 73

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Tal vez en sus ojos no había tristeza y lo que brillaba en ellos era desconcierto. Sus patas se posaban en mi pecho, como muchas otras veces que jugábamos en el pequeño patio de la casa. Me habían dicho : “anda a soltar los perros porque ahora no podemos tenerlos”.

Por Josh Naylor

La verdad es que mi perra no entendía lo que pasaba. No había forma de explicarle, además yo tampoco entendía mucho. Era el año 73 y mi mamá me había dicho con prisa que ya era hora de soltar a los animales.

La Laika parecía estar contenta de salir de la casa, porque eso no era frecuente. Sus días transcurrían en el patio de una población humilde en la que no se alcanza a construir una piscina o un prado. Ahora la perra corría de un lado a otro de la calle, muy agitada, y la seguía su hijo que tampoco había salido antes a la calle. Sin duda estaban descubriendo algo nuevo.

Los días en que me la habían regalado estaban lejos en mi memoria de niño. A estas alturas ya sabía que su color plomo y sus orejas -que se doblaban en la punta- no correspondían a un pastor alemán, como mi fantasía me lo había hecho creer tres años antes por ahí por el 70.

Gentileza del dueño de Laika

Era septiembre de 1973. Nadie de nuestra familia estaba en la casa, porque temíamos que alguien pudiera querer aprovechar la situación y causarnos algún daño. Los días habían transcurrido en distintos hogares solidarios, donde nos íbamos enterando de a poco del terror que comenzaba a reinar.

Mi casa estaba sola y teníamos que hacer algo con los animales, la Laika debía irse, la Guajira no, porque era fina, no sé, el criterio se gestaba entre balaceras, arrestos y toques de queda a las 20 hrs. Tal vez era el momento de deshacerse del exceso de mascotas que había en nuestra casa. En ese momento no advertí lo ilustrador que era aquel momento.

SIN HERMANOS
Mi infancia había sido solitaria y como hijo único, mis hermanos siempre habían sido los perros y los gatos. La Laika había sido mi primer perro, porque nunca antes habíamos tenido patio y sólo los gatos resisten bien esa restricción.

Los amigos recién comenzaban a llegar a mi vida, y justo en esos tiempos de zozobra. La Laika era hermosa, mordía mis manos sin dañarlas, lamía mi cara y tal vez me quería, como yo, cuando me miraba extrañada o aguardando por una caricia mía en su lomo o cuando la alimentaba.

Quizás nunca se enteró de que la casa estuvo deshabitada tantos días, porque nunca dejé de llevarle su comida, por lo menos día por medio. Sin embargo, la situación no podía mantenerse más tiempo y la decisión fue tomada.

Tenía trece años, pero comprendí que nada sería como antes.

Los llamé hacia fuera. Al principio no querían salir, estaban desconcertados, pero luego corrieron contentos hacia la calle. Cuando cerré la puerta y mi perra quedó afuera, mi corazón se apretó y mis ojos húmedos no ocultaron un sollozo amargo y sordo que nadie oyó más que mi perra, que levantó sus orejas sorprendida y luego siguió corriendo.

Era el mismo sollozo que unos días antes había brotado de mi garganta cuando miraba dos aviones que arrojaban odio y muerte sobre el Palacio de Gobierno. Esta vez se iban con mi perra mis caricias en su lomo, su lengua en mi cara, los aullidos de sus innumerables cachorros, sus suaves mordiscos en mi mano, la alegría de tener mi primer perro.

LA LIBERTAD DE LOS PERROS
La Laika se llevaba mi sonrisa de niño ensimismado, que vivía en un mundo que se estaba cayendo estrepitosamente. Se iba la perra que tantas veces me había entregado su mirada abierta y cristalina.

No me di cuenta en ese momento de que sus locas carreras en la calle se debían a que ella estaba logrando la libertad y que por trágica coincidencia, estaba consiguiendo algo que los humanos estábamos perdiendo.

Gentileza del dueño de Laika

Tampoco imaginaba que mi perra y yo, así como el dolor que estaba sintiendo, éramos una minúscula partícula en la tragedia que nos invadiría por tantos y tantos años. Mis ojos, mis oídos no se percataban de las balas y del fuego que estaba en todas partes.Yo sólo veía que sus orejas se erguían con las puntas dobladas por última vez ante mis ojos y que su nariz húmeda ya nunca más estaría entre mis dedos.

Después de unos minutos, me retiré hasta la casa en que pernoctábamos. No recuerdo nada del trayecto, pero aún hoy al escribir esto, siento un nudo en la garganta.

Pasaron los días y finalmente nos decidimos a volver a la casa. El silencio nos decía que la traición rondaba el aire. La despedida de mi perra ya era un recuerdo, fresco aún, pero un recuerdo. Me había enterado ya de que había angustias, dolores y amarguras infinitamente mayores que aquella despedida.

Los aullidos de otros perros nos hablaban de otras tragedias nocturnas y el silencio nos hablaba de más silencio y de olvido y de cerrar los ojos y de esconderse. Al abrir la puerta del patio la Laika ya no estaba mirando, tampoco estaba en el barrio. Mis amigos me dijeron que ese día sus carreras siguieron durante horas y que luego se perdió y nunca más la vieron.

Los años han pasado, soy adulto, las botas y el terror se han retirado, amo la vida y la libertad, a mi mujer y mis hijos, que también quieren a los animales como yo. En nuestra casa sigue habiendo gatos y perros que reciben parte de nuestro amor. Ellos retribuyen tan sólo con su existencia, como siempre ha sido.

El tiempo transcurrido y el ser adulto me permiten ver las cosas de manera distinta a como las veía a los trece años en el tiempo del Golpe. Pero el recuerdo de ese instante en que la Laika, mi Laika, se fue, aún me oprime.

La imagen de esos ojos perrunos brillando en ese lejano atardecer de 1973, me sigue doliendo. No olvido su mirada aún cuando sospecho que su corazón de perra nunca supo que ese día, por un instante, en sus ojos estuvo mi reflejo.

5 Comentarios

  • qué hermoso, muchas gracias, me encantaría poder decir más pero no puedo

  • :( muy bueno

  • Esta frase me desarmó “anda a soltar los perros porque ahora no podemos tenerlos”.

  • ellos retribuyen con su existencia, como siempre ha sido, y cuánto retribuyen!

  • Diirecto a la sangre (amar la vida y libertad, la familia…)
    todos hemos perdido algo de vida por cada imagen que se ha disuelto en el tiempo.

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