Imperio perdido — 02/03/2012 12:26

“El Jazz no está muerto, sólo huele feo”

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La negativa de mis amigos de querer ir al Providencia Jazz parecía fundarse en una razón real. Este género en Chile, con una larga historia de desencuentros, alguna vez hizo que muchos compartieran improvisadamente sin distinguir entre galería o VIP. Quizás hoy se pueda repetir “Jazz is not dead, just smell funny” (F. Zappa).

Por David Parra

La división de las entradas en categorías Platinum o Galería no es algo propio ni nuevo del Providencia Jazz. Lo molesto está no solo en que la entrada más barata puede variar hasta cinco veces su valor con la más cara, sino que eso tiene una importante repercusión en la distribución espacial y la experiencia musical que vivirás. Los reparos de mis amigos que no quisieron acompañarme tenían menos que ver con el hecho de pagar (a diferencia de unos viejos buenos tiempos en que fue gratis), que con  la forma de experimentar el evento.

UN TIRO IMPROVISADO
El jazz aparece en un lugar de tensión extrema, ya sea a través del  artista callejero marginal, del músico etiquetado tocando en eventos de alta sociedad o los intelectuales del jazz. El centauro de la música moderna ha estado atravesado por controvertidas perspectivas: desde quienes lo vieron como una expresión insurrecta hasta los que lo clasificaron como la manifestación sadomasoquista de las clases oprimidas (T. Adorno).

A nivel mundial con la irrupción del Be-bop (Dizzy GillespieThelonius Monk, entre otros) y más tarde con el Cool Jazz (Miles Davis) pasó de los salones de baile a los clubes de jazz (el Club de Jazz de Santiago nació en 1943). El jazz en Chile fue el escenario para una historia distinta. Su origen traumático quedó eclipsado en los salones de baile de Charleston y One-step.  El jazz de la segunda mitad del siglo XX estuvo cada vez más distante de los tiempos de esclavitud y  más confinado a distintos círculos intelectuales.

EL RÍO AL ESCENARIO
El escenario y los músicos, las sillas divididas en Golden numeradas y Silver no numeradas, el río Mapocho como división, el otro lado de la ribera con su galería y, finalmente, aquel resto que se junta al lado de la galería fuera del evento como un último rincón de lo que no se debe ver.

Providencia Jazz parece ser el (des)encuentro de varios aspectos de la historia del jazz. En su origen fue un festival gratuito que reemplazaba al encuentro musical “Música junto al río”. La diferencia fue el ingrediente Jazz y su perspectiva internacional. El año 2004 fue el año en que la presencia nacional se destacó como plato fuerte (Christian Gálvez, El Cruce, Rodrigo González, entre otros), pero sin relegar a segundo plano la presencia musical del mundo. A fuerza de internacionalizar, se excluyó con más fuerza lo local. El espíritu que supuestamente habitó en los comienzos del Providencia Jazz, ése que vivió en el río junto a la música, ahora está desplazado al otro lado del Mapocho marcado por la capacidad de pago.

El precio de la entrada puso como centro una vivencia posibilitada y delimitada por el dinero, antes que por el goce de la experiencia musical y su vínculo a una comunidad completa. Una molestia o sensación de incompletitud me acompañó hasta la última nota del Dave Young Quartet. Si bien el tiempo idílico de Woodstock y de los conciertos abiertos se ha ido (¿para siempre?), el paso que hemos dado en la organización y estructuración de los conciertos y festivales de música parece reproducir una lógica de apartheid a escala. Lógica que operó desde que me senté  hasta que quise comprar algo para beber. En este sentido, la neurosis de los asientos evidenciaba una rotura en el lazo social propio de los festivales de música al aire libre. Estas líneas divisorias, tanto imaginarias como reales, dibujan un mapa inconsciente que no logramos organizar del todo y es quizás esta sensación que iba y venía, desde la ribera norte a la ribera sur del río Mapocho, la que hizo tan incómoda mi experiencia en el festival.

Ahora bien, si no fuera por la actuación de Dave Samuels (con el increíble baterista Horacio “El Negro” Hernández como invitado) y por el cierre del legendario Dave Young y su cuarteto, esta versión del Providencia Jazz habría sido más silenciosa. Sin embargo, el resto de los artistas, desde la parafernalia estética de Simon Frick y David Helbock, hasta el jazz de los Orion Lion y Lautarinos, no justifica $15.000 de entrada (sin desmerecer la calidad de estos músicos). Sobre todo considerando que la comuna de Las Condes tiene un festival de jazz (organizado por el trompetista Cristián Cuturrufo que a su vez participa del evento) cuya entrada es alrededor de $2.000 general, que dura cinco días, y que el plato fuerte es la presencia de destacados músicos nacionales (el Trío Altazor, con Christian Gálvez, por ejemplo).

EL MAPOCHO: EL INCONSCIENTE DE SANTIAGO

Más allá de si Santiago es una ciudad “híbrida” o “dividida”, el quid está en cómo aquella escisión está estructurada y el modo en que los distintos miembros de la comunidad se enfrentan a aquella división. Slavoj Žižek refiere a un interesante trabajo de Claude Lévi-Strauss, ¿Existe la organización dual?, en el que el antropólogo estudia la disposición espacial de los edificios en una de las tribus de los Grandes Lagos: la tribu está dividida en los que son de arriba y los que son de abajo. Cuando se le pide a uno de los de arriba que dibuje el mapa de la ciudad, dibuja dos círculos concéntricos (uno que simboliza la comunidad y otro que simboliza a los “otros”). Cuando se le pide a uno de los de abajo que dibuje lo mismo, dibujo el círculo y una línea al medio. Ambos perciben el mismo espacio, sin embargo los de abajo ven una división o herida, en cambio otros ven al resto como extranjeros o invasores.

Recuerdo a un profesor de estética que nos hablaba del río Mapocho y el triángulo fundacional de Santiago. El río era el límite natural que además fijaba los límites sociales de las distintas clases. Quizás el síntoma que responde esta distribución del espacio en el Providencia Jazz, sea el rumor de que este año le bajaron el volumen a la música. Sea cierto o no, esta idea sólo emerge como la señal de algo que huele feo con los festivales de música.

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