A lo bonzo — 02/21/2012 14:24

Metaleras alabanzas

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Los miembros del movimiento “Despreciado y Desechado” se reúnen cada domingo para celebrar la fiesta metalera del Señor. Envueltos en chaquetas de cuero negra, agitando mamaderas y cruces, todas las cabelleras se sacuden al ritmo del heavy metal.

Por "Garvo" www.flickr.com/holagarvo

Katherine, Emerson y su hijo Abdiel -que significa “siervo de Dios”- de tres años, llegan media hora tarde al encuentro. Para su fortuna aún no ha comenzado: el Pastor Fernando está fuera del templo, un galpón de fachada negra y roja en calle San Francisco, a media cuadra de avenida Matta. Los invita a entrar. El interior está oscuro, sólo hay una tenue luz verde como de serpentario. La familia se sienta en unas sillas blancas de plástico. Katherine se quita la chaqueta de cuero negra, agita una mamadera y se la da a Abdiel. Minutos después, madre e hijo sacuden sus cabezas al ritmo del heavy metal.

Katherine tiene 28 años, es cristiana de familia y metalera por su esposo, anteriormente satánico. “Yo lo traje para acá. Llevamos siete años de casados y cinco aquí. Prácticamente Abdiel se ha criado en este lugar”, explica. Asisten religiosamente todos los domingos al templo del movimiento “Despreciado y Desechado”, fundado en 1998 por el pastor Fernando Gallegos, de unos 45 años. Tiene el pelo liso hasta la cintura, zapatillas negras y una polera oscura con un versículo que reza: “lo vil del mundo y despreciado escogió Dios”, en letras góticas. Según el predicador, “esta es una iglesia para las tribus urbanas, somos descarriados que buscan una relación personal con Cristo“.

Durante una hora, los hermanos agitan sus cabezas con las manos en alto, como si la estridencia de la música los asaltara. “Cristooo reeey”, “Señoor, sooy tu coordeero” y “si tú lo quieres, mañana no llueveee”, se les oye versear con sonidos guturales. Abdiel deja de menear la cabeza y llora. Miguel lo toma en brazos y lo lleva donde su hijo Jonathan, de cuatro años, que juega con robots a metros del recital.

A Miguel lo llaman “He-Man”, a pesar de que su melena rojiza y su corona de espinas y lágrimas tatuadas resemblan al Jesús de las películas. Sin embargo, los seis piercings en su rostro le devuelven el aspecto de guerrero. “Mírame la pinta, si hasta yo me doy miedo. Pero una cosa es ser oveja negra y otra mala persona”, aclara, mientras reúne el diezmo con el que arriendan el galpón.

Terminado el recital, el Pastor Fernando se acerca a la tarima donde está la banda, les agradece y comienza su prédica con Biblia en mano. En aquel momento, los decibeles bajan. Sólo se oye una melodía del teclado, con cadencia de arrullo. “Tienen que cachar que no sólo de pan, ni de hallulla, ni marraqueta vive el hombre, compadre y comadre, métanse con Dios, pero con cuática”. Pronuncia con ímpetu cada una de sus palabras de su prédica, que dura una hora más.

Katherine y un joven con rastas abrazan a una chica de dieciséis años que llora. “Si vemos a alguien mal, le damos un abrazo y lo bendecimos”, dice. La reunión termina con un aplauso para Jehová -“fuerte, que Él lo escuche”, grita Fernando- y las ovejas, negras todas, alzan las manos para una última y metalera alabanza.

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