A lo bonzo — 01/30/2012 15:48

En el tablero se ven los choros

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Enrique Cáceres, un veterano del ajedrez, decide demostrar con una partida en la Plaza de Armas que no es cosa de llegar y sentarse a jugar esporádicamente. “El ajedrez es una guerra y yo lo aprendí en la calle”, dice el patrón del tablero conocido como “El Sheriff”.

Ilustración por: Garvo (www.flickr.com/holagarvo)

Unas treinta mesas conforman el club de ajedrez de la Plaza de Armas en la pérgola de cobre frente al callejón Philipps. Todas están ocupadas, pero una de ellas recibe atención especial: se enfrentará a duelo uno de sus fundadores, Enrique Cáceres, alias “El Sheriff”, contra un nuevo miembro. Chu, a este me lo como con limón”, comenta apenas lo ve llegar, mientras atusa sus bigotes de tejano.

Quince hombres, de corbata la mayoría, rodean de pie a la mesa y los jugadores. Nueve están fumando. Algunos discuten los movimientos que inaugurarán la partida; otros sólo miran con reserva. Un hombre de casco blanco y polera fluorescente vive su propia lucha entre la nariz y su dedo índice que hurga en ella. Sin embargo, “El Sheriff” y el advenedizo, de unos cincuenta años, no oyen consejos. Ordenan sus piezas, Enrique ajusta  un antiguo y blanco reloj de ajedrez hecho en la Unión Soviética y comienzan la partida.

“El Sheriff” pide auxilio con voz de doncella lastimera y exhibe el par de dientes que le quedan. Socarrón, se refiere en voz alta a su contendor como “malhechor” y “Satán”. Su rival pide silencio a los espectadores que sueltan carcajadas, se pone lentes de sol y enciende un cigarrillo: está nervioso. Apenas mueven sus peones, “la carne de cañón”, el Alto Mando comienza a pronosticar. Tic, tac, tic, pulsan el botón del reloj al terminar su turno. Las jugadas en un comienzo son erráticas: una pieza adelante, otra hacia atrás. Minutos lentos para el Alto Mando, que ha dejado de emanar humo y posa su atención en otras partidas. “No es tan rápido usted parece”, dice el invitado. La acotación hacia “el más veloz de la Plaza” cambia drásticamente el ritmo del juego.

Chis, será porque vo me saliste fome”, replica. Golpea el tablero violentamente con sus piezas. Derriba las torres, profana a los alfiles, destrona a la reina. El rey blanco del enemigo se ve cada vez más solo. Los testigos encienden nuevos cigarros y los turnos no duran más de dos segundos. Tic, tac, tic. Absortos, los estrategas miran el partido. “¡Doy tres lucas por el viejo!”, se oye decir entre el público. “No apuesten na, no ven que el cabro es pollo. Ya po, ¡defiende el culo, defiéndelo!”, azuza Enrique al “joven” adversario. Han pasado sólo siete minutos desde que comenzó la jugada y el “bienvenido” se ve obligado a claudicar. Tac. Jaque mate.

Enrique grita de alegría. El perdedor pregunta la hora, a pesar de llevar un reloj consigo. No espera la respuesta: “estoy atrasado igual”. Corre hacia Monjitas y se pierde de vista. Enrique recibe vítores y palmadas en la espalda.

“¡Si el ajedrez es una guerra y yo la aprendí hace treinta años en la calle! Se notó al tiro que no le daba la choreza”, explica como si estuviera en una conferencia de prensa y luego invita a los estrategas a jugar con él. Se excusan y arrancan. Será para otra guerra.

1 comentario

  • Hola:
    Gusto en saludarlos.
    Encontré alucinante el reportaje del sheriff Enrique Cáceres. Los felicito por rescatar a un personaje tan auténtico y lleno de identidad.
    Les agradecería sobremaner si me pudieran ayudar dándome algún dato de Enrique, ya sea teléfono o mail, para poder contactarlo.

    Desde ya muchas gracias

    Saludos

    Magdalena Correa

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