A lo bonzo — 08/29/2012 11:03

“El Floro”: Oda al repartidor de comida china

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Con chaufanes en el manubrio y equilibrando sopas en el camino. El Floro reparte a domicilio, dueño de la bicicleta más rápida y terca de la cuadra. Lo ves subirse en ella, pequeño, fibroso, decidido. 

Ilustración: Gabriel Garvo (flickr.com/holagarvo)

El restaurant chino no es para servirse, es solo para llevar. Una fachada cuadrada, un mesón igual, el letrero rojo y blanco. A pesar de las lámparas circulares, todo es lineal, todo es como el día anterior y como seguirá siendo mañana. Cada día y todos los días, cerca de la esquina y al lado de la vulcanización, porque en la Flor Oriental no hay feriados, no hay vacaciones, no hay pausas dentro de las horas. Siempre abierto, vigilante, con un movimiento eterno, pero pausado, sosegado, aunque griten.

La china de la caja, el chino de la cocina, la china chica nieta del chino viejo. Y el Floro (¿Xiao Min? ¿Lian Se? quién sabe). El Floro, que reparte a domicilio, dueño de la bicicleta más rápida y terca de la cuadra. Lo ves subirse en ella, pequeño, fibroso, decidido. La domina en silencio, a pesar de las bolsas con pedidos, con chaufanes, arrollados primavera jamón queso y wantanes, millares de wantanes. Floro no espera, no asegura, no entretiene. Cumple. Saca cuentas precisas. Gravita en esa delgada urgencia de no retroceder pero tampoco sobresaltarse al avanzar. No puedes escribir su historia, afinar su sueño, saber qué ama.

Hay suspenso cuando el conserje lo anuncia y Floro sube. Lo ves por el ojo de la puerta, la misma expresión que cuando lo tienes enfrente. No hay un “buenas tardes”, un “que día tan frío”. Solo dice: “Nueve mil”, alarga la mano, recibe billetes o cheques, dobla un poco el cuello y se va, pedaleando rápido y sin furia, con esa emoción sin emoción, con esa falta de reflejo en los ojos. Llega a la Flor Oriental, estaciona, recibe, entrega, entrega, recibe, vuela, regresa.

Pero, a veces, de repente algo allá en el fondo, algo necesario para existir, vibra. Un pequeño murmullo en el local, un montón de palabras en chino, un remedo de algo que podría hacerse entendible. El viejo chino, un Floro en 50 años más, en 60 mejor dicho, parece insultar con la voz y un ademán. Recibe lo mismo de su nieto repartidor, palabras cortantes que, por extraño que parezca, traen risa. Risas tiesas, quizás, risas que te dan risa, pero que se transforman en síntomas de lo que bulle, de los sueños, de la realidad de pararse en este mundo para estar con los otros, alegres, sorprendidos, movilizados. Al fin.

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