A lo bonzo — 07/16/2011 22:00

Cesantes y desesperados

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Romper el diario por hacer circulitos tensos con el lápiz bic en los clasificados, saberse de memoria los avisos que piden señoritas de buena presencia y vivir en Chile. Un menjunje que no parece tener muchos condimentos, pero que te puede llevar a trabajar en labores tan aparentemente absurdas como disfrazarse de chino pobre o pintar riñones. Pobres cesantes los que se pierden todo el mundo de oficios que se esconden en la capital.

Ilustración: Gabriel Garvo (flickr.com/holagarvo)

- Socorro: Pedían “personas con rasgos orientales para comercial” y no sé si cumplía con los requerimientos, pero necesitaba trabajar. Me aceptaron tras enviar unas fotos caseras a un mail, citándome un sábado temprano al Club México, espacio clásico del boxeo chileno. Fue curioso llegar a un modesto catering rodeado de ‘ojitos rasgados’. Parecíamos una convención de pokemones bien vestidos. El ágape duró poco, porque la encargada de vestuario nos disfrazó uno a uno de ‘chinos pobres’. Muchas ideas sobre mi identidad dialogaron en mi cabeza.

Primera escena del comercial: Público reunido alrededor de un partido de pin pon chino. Luego nos trasladan a La Vega, es decir, 30 asiáticos disfrazados de asiáticos paseando entre los pasillos, esquivando gatos, miradas y bromas de toda índole. Después de algunas tomas nos enteramos de que se trataba de un comercial para Súper 8.

Terminamos a las diez de la noche, tomando bebidas en un bar (mientras filmaban la última escena), pidiendo unas lucas por el tiempo extra.
Meses después salió finalmente el comercial en TV cable. Nos vimos todos desenfocados, menos mal: me sentí orgullosa.

- Auxilio: Trabajé como vieja pascuera promoviendo un ron de dudosa calidad. Pero quizás sea más importante decir qué pasa tras bambalinas en los supermercados cuando promueves algún producto más “exótico” como la caballa (pescado familiar del jurel vendido en formato enlatado, es decir, elegante).
Me sentía como la albacea de la élite del pescado. En una mano sostenía la caballa enlatada y con la otra repartía recetarios –que incluían finas hierbas– a los clientes. Desde las diez de la mañana esperaba tensa y evitaba mirar el reloj para que llegara rápido la hora de almuerzo. Un día salí corriendo rauda para comerme luego unas papas fritas en el patio de comidas: sí, el mejor momento del día. Pero olvidé depositar la caballa de muestra en la repisa.

–A ver señorita ¿por qué corre? – me pregunta un viejo de mierda que tiene pura cara de verde, al que nunca le regalé una sonrisa y que trabaja en un Jumbo de La Florida, dicho sea de paso.
–Ya son las dos– respondo.
–A ver, muéstreme su bolso.

Una lata de caballa aparece en la revisión del policía improvisado. A llamar a los pacos. Y yo que me pongo histérica, porque cómo va estar pasando esta hueá. Llaman al encargado de local y tras un llanto hilvanado con palabras suplicantes: “cómo me voy a querer robar una lata de pescao si a mí me las regalan en la empresa…es una lata de pescao! Se llama caballa, es familiar del jurel, los jureles son baratos usté sabe”, repito y repito. “Ya señorita, váyase –se nota que Usted no es de esas promotoras ordinarias, así que váyase pa la casa no más– pero tiene prohibido el ingreso al local. Pondremos una foto de su cara aquí dentro y su rut abajo, claro”.

- Socorro: Tuve otro acercamiento a ser una exitosa actriz de televisión. Fui extra en una serie histórica, de esas que hicieron los canales con temática patrimonial y nacionalista en el bicentenario para conseguir subsidios del Estado.
Me vistieron de señorita de alta sociedad del siglo XIX. “El peinado de doña Javiera Carrera”, dijo el peluquero. El set era impresionante. Reconstruyeron la Plaza de Armas entera en cartón: Correos de Chile, la Catedral, la Casa Colorada. Me recordó al ausente Don Pepe y sus completos italianos. Y ese recuerdo se hizo más potente con el pan con mortadela que nos dieron de almuerzo: Diez lucas por las ocho horas de grabación que nos tuvieron parados bajo el sol.

- Auxilio: Qué tchori sonaba eso de “necesitamos un asistente para taller de arte”. La reja de la casa era amarilla y al fondo del patio se distinguía una silueta redonda de cabello crespo. Advierte mi presencia el hombre de delantal manchado y “cara de creador”.

–¿Usted es quien puso el aviso en el diario? – alzo la voz y pregunto.
–Sí, voy al tiro.

Riñones de resina. Por Auxilio.

En fin, el arte consistía en pintar riñones para un laboratorio médico. Riñones de resina, claro. Sergio se llamaba el artista, tenía unos 45 años y se jactaba de poseer harta labia. “No si los riñones los pago a $3.000 cada uno, imagínate si pintas cuatro diarios… ¿ah?”. Con suerte alcanzaba a pintar dos al día y más me entretenía escuchando las historias de la banda metalera que había tenido el Sergio en los ochenta: Vastator y con las máscaras terroríficas que había desperdigadas por el patio de la casa: material para un futuro curso de efectos especiales en resina.
Era llamativo –por decir algún adjetivo– el trabajo. Una de mis compañeras pintoras de órganos humanos era una guapísima chica dark, quien al producirse silencios muy largos, proseguía a ponerse de pie y mostrar su danza irlandesa. Según mi opinión, la joven dominaba los movimientos a la perfección… aunque nunca en la vida sabía de qué se trataba ese baile. Tampoco entendía el afán por echarse ocho capas de bloqueador en la cara…si era tan bonita la chiquilla. En realidad, había muchas cosas que no comprendía en ese lugar, como por ejemplo, qué hacía pintando riñones en un hilarante taller de arte, seis horas diarias de lunes a viernes en enero: cesante.
¡Ah! El Sergio me pagó 100 lucas por un mes de pega, pero fue en varias cuotas eso sí, como tres puede ser…y en tres meses, pero el dinero no es indispensable para vivir, mientras que los riñones… tampoco: se puede donar uno y no pasa nada ¿o no? Esta conclusión no tiene ningún sentido.

- Socorro: Otra vez conseguí un trabajo como cliente incógnito. Tenía que ir a distintos locales de una marca de celulares, hacerme pasar por cliente y acusar tiempos de espera, estado de los locales y calidad de la atención llenando una planilla eterna sin que nadie se diera cuenta. Al principio me sentía como un detective encubierto. Pero después del octavo local empecé a sentirme como una idiota. Sobre todo después de mi visita a uno en Apoquindo. Tenía que inventar un problema (de una lista de problemas posibles) y analizar cómo me lo solucionaban.

–Hola. ¿Para tener un teléfono con pre-pago tengo que comprar un celular? ¿o te lo regalan?
–No, sólo te pasamos celular con plan.
–Ah.
–¿Pero sabes qué? Cómprate un celular en la calle o consíguete cualquiera y yo te paso el chip y te lo programo. Así, sólo compras la tarjeta.

Sabía que esto iba a pasar. Obviamente no lo iba a acusar poniéndole nota uno en mi planilla de Observaciones: “El trabajador de la caja 12 promueve la piratería ilegal y atenta contra los objetivos de la empresa”. Tampoco le dije quién era yo ni que tuviera cuidado para la próxima. No se lo dije para que no deje de hacerlo, para fomentar la honestidad, la amabilidad y la humanidad. Ahí que el tatita Dios se encargue de protegerlo la próxima vez. Entonces me sentí como una heroína de nuevo. Es una montaña rusa esta cosa de la seguridad personal. Y pucha que tiene que ver con la situación laboral.

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